El sábado por la noche casi todos los huéspedes fueron al paraíso del Teatro Real. Miquis llevó a Felipe, que no había estado nunca y se quedó medio atontado ante lo que veía y oía, cual si estuviera en un mundo distinto del que habitamos. Cosas y personas se le representaban agigantadas y sublimadas por ignorado poder de hechicería. Aquello no era natural, aquello era sueño, ocio de los sentidos y mentira del alma. Tanta señora guapa en los palcos; el deslumbrador abismo de rojo y oro, de hermosura y luces que desde arriba presenta la cavidad del teatro; la escena grandísima, con aquellos señores que salían a cantar, ahora solos, ahora en bandadas; la muchedumbre de músicos que en aquel andén tocaban tanto instrumento; los deformes contrabajos, las doradas arpas, los aplausos, el canto, el silencio, el ruido, la atmósfera espesa… todo causaba al Doctor un embargamiento del ánimo y cierto embarazo en la palabra. Se reían los demás de verle con la boca abierta, atento, lelo, y sin responder cuando le decían: «¿Qué tal, Doctor, qué te parece esto?». El miedo de decir alguna barbaridad le tenía mudo.

El doctor Centeno

Datos

Dirección:

Plaza de Isabel II, s/n

GPS:

40.4181264, -3.7112033

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