En estos dimes y diretes, pasaban junto al Palacio Real. Mudos contemplaron los dos un instante su mole oscura y misteriosa, tanto balcón cerrado, tanta pilastra robusta, las ingentes paredes, aquel aspecto de tallada montaña con la triple expresión de majestad, grandeza y pesadumbre. Felipe miraba aquello, en el imponente reposo de la noche, y como la primera observación que hace el espíritu humano en presencia de estos materiales símbolos del poder es siempre la observación egoísta, no desmintió él este fenómeno y dijo con toda su alma:

«Juanito: ¡si esto fuera mío!…».

El otro, siempre tocado de aquel escepticismo postizo, le contestó con desdén:

Pues yo… para nada lo quería… Como no me lo dieran lleno de dinero…

¡Lleno de dinero!

Felipe se mareaba.

¿Pues qué crees tú? Los sótanos están todos llenos de sacos de oro y de barricas de billetes.

¿Lo has visto tú?

Lo ha visto papá… –afirmó el del Socorro, después de vacilar un rato–. Papá conoce al… ¿cómo se llama?, al entendiente, y algunos días lo viene a ayudar a hacer cuentas.

Yo quisiera ver esto por dentro, ¿oyes? Será bonito.

Hijí… no tienes más que decírmelo el día que quieras. Mamá conoce a la gran zafata… ¿Estás?, la que gobierna todo, y cuida de la ropa blanca y tiene las llaves. Yo he venido más veces… ¿Que si es bonito dices?… Así, así… de todo hay… tiene un salón más grande que Madrid, con alfombras doradas, de tela como las de las casullas ¿estás?, y mucho candelero de plata por todos lados. El coche de la Reina sube hasta la propia alcoba… yo lo he visto. Aquí todo está lleno de resortes. Calcula tú, tocas un resorte y sale la mesa puesta; tocas otro y salen el altar y el cura que dice la misa a la Reina… tocas otro…

El doctor Centeno

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