Es mi Ateneo, mi cuna literaria, el ambiente fecundo donde germinaron y crecieron modestamente las pobres flores que sembró en mi alma la ambición juvenil.

Aquel caserón vetusto, situado en una calle mercantil, empinada, de ruin aspecto y tránsito penoso, permanece tan claro en mi mente como en los días venturosos en que fue altar de mis ensueños, descanso de mis tardes, alegría de mis noches y embeleso de todas mis horas.

El largo y ancho pasillo; la modesta biblioteca; el salón llamado Senado; las salas de lectura, irregulares y destartaladas; la cátedra dificultosa y entorpecida por pies derechos de madera forrados de papel; la Cacharrería y demás gabinetes interiores de tertulia no se pueden olvidar por el que vivió largos años en aquel recinto, aparejado con derribo de tabiques y adherencia de feísimos pegotes, sin más luces que las de la calle y patios lóbregos.

Si en la memoria vive el local, ¿qué decir de los hombres que en un período de veinte o más años allí moraron espiritualmente, allí disertaron, desde allí dieron luz, fuerza y calor a la sociedad española, encaminándola al estado de cultura en que hoy se encuentra?

Todos los grandes cerebros españoles del siglo XIX han pasado por aquella madriguera. De oradores, no digamos; recuerdo haber visto a don Antonio Alcalá Galiano arrimado a las revistas extranjeras en el salón de lectura; en días posteriores vi a Ríos Rosas, a Olózaga, a Cánovas…

«Madrid», discurso de Galdós
que fue leído por don Serafín Álvarez Quintero,
en el salón de actos del Ateneo,
el día 28 de marzo de 1915

Datos

Dirección:

Calle del Prado, 21

GPS:

40.4150725, -3.6982163

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